martes, 19 de agosto de 2008

Russian Red



Él siempre me dice que cuando cojo un disco que me gusta no lo suelto en semanas. Lo devoro. Lo destrozo. Tiene razón. Es mi particular ritual. Me sale hacerlo así. Escucho el disco por primera vez y si realmente me gusta, me obsesiono. Me encanta encariñarme primero con una canción, después casi por casualidad serle infiel y escoger otra y otra y otra. Durante semanas, ese disco se convierte en mi única banda sonora. Pero son muchas a la vez porque cada ciertos días ese mismo disco se convierte en varios distintos. Hasta que llega el inevitable momento de la ruptura. No puedo más y lo dejo en la estantería. Estoy agotada. Pero lo mejor llega cuando tras un tiempo de abandono, si por casualidad oigo algunas notas, alguna melodía de ese, mi ex disco, en algún bar o en algún anuncio, o donde sea; siento una nostalgia dulce, como la que se siente cuando vuelves a casa después de algún tiempo de ausencia. Me encanta esa sensación de retorno.


Esto es exactamente lo que me pasó con el primer disco de Russian Red. La conocí por casualidad en el Primavera Sound y me enamoré de su voz, de sus letras que suenan tan tristes y están tan llenas de mundos mágicos que te devuelven a la niñez. Creo que no hay mejor música para un verano como este. Hace tres semanas escondí el disco. Cada vez que quería decirle algo a alguien se me pasaba por la cabeza alguna de sus letras. No es sano. El otro día lo volví a poner y era como si alguien hubiese escuchado sus súplicas y me hubiese llevado de nuevo a casa.

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