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sábado, 26 de marzo de 2011

Heroínas


De la mujer pasiva, a la mujer activa. De la mujer sumisa, a la mujer fuerte e independiente.

La exposición Heroínas, que se puede ver hasta el 5 de junio en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, reivindica el papel protagonista de la mujer en la historia del arte y muestra un recorrido que va desde el Renacimiento a la actualidad. En él, las mujeres no aparecen representadas a título de madres e hijas, esposas o amantes de héroes, sino simplemente como ellas mismas.

Heroínas no sigue un orden cronológico, sino temático. La exposición se organiza en escenarios y vocaciones de las protagonistas; la primera parte refleja su poder físico y la segunda, su poder espitirual.



Mujeres solas, mujeres trabajadoras, mujeres acorazadas y amazonas. En esta primera parte, la del poder físico, me llamó la atención una explicación que leí acerca de las mujeres atletas: la emancipación del cuerpo y el derecho al deporte como precursor en la conquista de otros derechos sociales y políticos.





El poder espiritual lo representan las magas, mártires, místicas, lectoras y pintoras. Me gustó mucho la parte de mujeres pintoras. Ellas, con su traje de tarea, sucias, haciéndo su propio autorretrato. No es habitual. La exigencia estética que deben cumplir las mujeres y, sobre todo en público, es enorme.

Al irme me pasó algo curioso. Cuando estábamos en la segunda parte, en Fundación Caja Madrid, miré a mi alrededor y le dije a mi amiga Paula: "¿Te has dado cuenta de que somos sólo mujeres aquí?"...

domingo, 30 de enero de 2011

Pequeñas conquistas vitales


Hoy he visto en La Casa Encendida la exposición de los proyectos premiados en Generación 2011, un programa con el que se pretende descubrir e impulsar el trabajo de artistas emergentes. Lo que más me ha llamado la atención ha sido la instalación de Pablo Serret de Ena: cinco banderas y cinco vídeos que relatan pequeñas conquistas vitales de cinco personas diferentes.


Aprender a decir no, enfrentarse a las injusticias o vencer la timidez. Situaciones cotidianas, con las que toda persona se puede sentir identificada. Yo lo he hecho. Por eso me ha gustado tanto.

Las Cumbres es el título del trabajo. Llegar a la cumbre representa el triunfo. Llegar a la cumbre implica esfuerzo, trabajo, superación. Llegar a lo más alto.


Una de las obras narraba la historia de una persona que no sabía decir que no. Un día tenía un no tan grande dentro de ella, que explotó. Y salpicó a todos de la peor manera. Fue una gran tragedia, así que tomó una determinación: no se cortaría el pelo hasta que aprendiese a decir que no, dejaría crecer su pelo hasta que el no le saliese de manera natural, con fuerza, sin sentimiento de culpa.


Para mí, las pequeñas conquistas vitales son los triunfos más grandes. No había caído en todas las que he conseguido en 2010 hasta que he visto hoy Las Cumbres. Me he dado cuenta, además, que el año pasado fui a la peluquería mucho más de lo que acostumbro. Casualidades.

martes, 28 de abril de 2009

Juan Muñoz. Retrospectiva


¿De lo real?

Los visitantes giran alrededor de señores orientales que sonríen. Observan detenidamente sus rasgos. Las arrugas de sus chaquetas. Tratan de averiguar el porqué de sus sonrisas. Cientos de conversaciones imaginarias se perciben en la sala. Juan Muñoz ha puesto los rostros y los cuerpos. Incluso los gestos. Las palabras son ya cosa de los visitantes. Salas abarrotadas. Salas desiertas con un único habitante. Un enano que quizás se haya escapado de un circo que actúa en la ciudad. Hay esculturas que hablan, mueven los labios pero conversan a solas. Se siente su amargura. Su soledad. Su oscuridad. ¿Qué se esconde detrás de esas cortinas? ¿Qué piensa Sara de su reflejo en el cristal? Todo es tan real que asusta. Pero es una realidad imperfecta. Unos ancianos están sentados en círculo. Llevan unos tambores, pero no los utilizan como instrumentos. Juegan con ellos. Uno se lo pone en la cabeza. Otro en la espalda. Otro en los pies. ¿Dónde se encuentra esta escena en el mundo real? Parecen personajes de sanatorio. El escenario ayuda. El gran claustro. Las paredes frías.

Hay personas sentadas en sillas que cuelgan del techo. Un tren que ha descarrilado. Instalaciones en movimiento. Una sala oscura con el agujero de una ratonera. Parece que todos estos personajes fueron alguna vez soñados por Juan Muñoz. Es como si el autor hubiese recreado lo que consiguió recordar de un sueño. Pero de un sueño raro. Porque no es real un escenario vacío con el apuntador en su puesto, preparado para cumplir su misión. No es real un ventrílocuo que sonríe sin la presencia de la mano de su ejecutor. No es real, pero esos gestos tan definidos hacen dudar. ¿Acaso todos estos personajes no han estado alguna vez en tus sueños? ¿Quién no ha sentido en sueños soledad? ¿Quién no se ha sentido insignificante entre la multitud? ¿Y diferente? Puede que esa extraña sensación con la que sales de la muestra de Juan Muñoz se deba a que ha conseguido mostrar de una forma real aquello que se escapa de nuestra memoria cuando despertamos. Juan Muñoz consigue derribar el muro entre lo real y lo onírico. Y eso asusta.