miércoles, 17 de septiembre de 2008

New York City (I)


Nueva York es LA CIUDAD. Lo tiene todo. Todo lo que una persona como yo, urbana hasta la médula, puede desear. París, Berlín son otra cosa, tienen encantos diferentes, son ciudades mágicas, pero Nueva York es LA CIUDAD. Cuando visito un lugar nuevo no puedo evitar imaginarme cómo sería mi vida si yo viviese allí. Y me he imaginado muy feliz viviendo en Manhattan. Más feliz que en cualquier otro lugar.

Confirmado. Cuando llegué a Grand Central Terminal y bajé del autobús que nos había traído desde el aeropuerto tuve esa sensación. La que todo el mundo tiene cuando llega. Yo ya había estado en esta ciudad. Es más, ya había estado muchísimas veces. Aún así, no podía parar de mirarlo todo, con una ansiedad casi infantil: los edificios tan altos, los taxis, el humo saliendo de las alcantarillas...

No sé cómo puedo empezar a describir lo infinitamente pequeña que me sentí cuando subí al Empire State Building la primera noche que llegamos a la ciudad. No era muy tarde, creo que serían aproximadamente las diez de la noche, empezaba a lloviznar y prácticamente no había nadie. Todas las luces bajo nuestros pies. Todas nuestras. Pero inalcanzables al mismo tiempo.

Toda la semana me ha acompañado una sensación de irrealidad, como si todo lo estuviese viendo a través de la pantalla del televisor. El skyline que se divisa desde el ferry de Staten Island me recordaba totalmente a un cuadro de Richard Estes. Una mezcla entre fotografía y un cuadro hiprerrealista. Pero irreal ante mis ojos.


El puente de Brooklyn es grandioso, con esa maraña de cables y el constante ruido de los coches que pasan bajo los pies de los viandantes. Hay tanto que contar que tardaría días y días: Times Square, la meca del consumismo impuesto por la publicidad que te acorrala allá donde mires; Battery Park City, con millones de banderas de barras y estrellas y las botas de los bomberos a los que se les rinde homenaje por haber dado sus vidas al tratar de salvar a las personas que estaban en las Torres Gemelas aquél 11 de septiembre; la Estatua de la Libertad, lo primero que divisaban los recién llegados de Europa en la época de las grandes migraciones; la Zona Cero, preparándose para las conmemoraciones del 7º aniversario del atentado; Dumbo Park en Brooklyn, donde se reconoce el cartel de la película Manhattan de Woody Allen; Chinatown; la fiesta de San Gennaro en Little Italy...




Seguiré contando historias detalladas del viaje. Tengo que decir que esta semana he sido muy feliz. Gracias J.

martes, 16 de septiembre de 2008

Un paisaje americano


El pasado 28 de agosto La Vanguardia publicaba un artículo en su sección de Cultura titulado "Un paisaje americano", donde su autor, Marc Bassets, explicaba la historia del cuadro de Edward Hopper, "Nighthawks" e incluía una fotografía del lugar actual en el que en su día había estado la famosa cafetería del cuadro. Soy una fanática de los lugares donde han ocurrido cosas. Soy fanática, además, de Edward Hopper, que es capaz de transmitirme toda la tristeza y toda la soledad del mundo a través de sus cuadros.


Me gusta la historia que cuenta el artículo: la imagen que muestra la fotografía no es otro lugar que un cruce de calles de Nueva York (la esquina de la Séptima Avenida, la calle 11 y la avenida de Greenwich) donde hoy simplemente hay un solar rodeado por una valla, cubierta por mensajes y mensajes. Ninguno va dirigido a Hopper, ni a ninguno de los cuatro personajes solitarios que dibujó. Justo al otro lado de la calle está el Saint Vincent Hospital, el hospital en codiciones de tratar a los heridos más cercano al lugar de los atentados del 11-S. Todos esos mensajes son muestras espontáneas de apoyo a los afectados por la catástrofe.


La fotografía es bastante mala. Llovía bastante ese día en NY y tengo que reconocer que mi talento fotográfico deja mucho que desear. Pero el lugar es mágico para mí.

lunes, 8 de septiembre de 2008

New York, New York


Todo el mundo que ha visitado Nueva York me dice lo mismo: cuando llegas tienes la sensación de haber estado ya en esta ciudad. Es inevitable, supongo. El dominio americano en todos los aspectos de nuestra vida es difícil de esquivar. Yo traté de deshacerme de él durante algún tiempo gracias a una serie de prejucios que únicamente contribuyeron a prolongar mi ignorancia.


Ahora estoy en mi etapa americana y aunque sé que en Nueva York no voy a encontrar los caminos polvorientos que recorrió la familia Joad en su exilio a California, ni la decadencia que reflejan las fotografías de Robert Frank en "Los Americanos"; aunque sé que Nueva York es y no es América al mismo tiempo; es el único viaje que podría hacer ahora. No puedo tener más ilusión. No puedo.


Quiero convertirme en un halcón nocturno y tomarme una copa en el Greenwich village, justo en el bar que Hopper pintó. Si me queréis encontrar, buscadme por allí.

jueves, 4 de septiembre de 2008

Long walk home


Hoy quiero contar una historia. Es la historia de una mujer que siendo adolescente tuvo que abandonar su casa, su cuidad, Pamplona para marcharse a Zaragoza a ayudar en la pensión de su tío Marcelino. Su tía acababa de morir y debía echarle una mano a él y a sus primos Luis, Carmen y a la pequeña Pilarín. En Zaragoza hizo su vida, siempre al lado de su prima Carmen. Siempre inseparables. Una desgracia las unió todavía más. De por vida. Sus novios, con los que seguramente iban a casarse, murieron en la Guerra Civil. Aún recuerdo como, hace unos años, al preguntarle por él, no pudo contener el llanto. 60 años después, seguía echándole de menos.

Tras la guerra, las dos primas se prometieron no separarse jamás. Y juntas vivieron una vida inusual para dos mujeres en aquella época: vestían pantalones, fumaban con boquilla, iban al cine, al teatro. Años después, Luis, su primo, emigró a Suiza con su mujer en busca de un futuro mejor. Carmen y ella, con la generosidad y dedicación que siempre las caracterizó se prestaron a cuidar de los tres hijos de Luis y su mujer Carmen: Óscar, Olga y Mavi. No hace falta que diga que Luis y Carmen eran mis abuelos y que, como no podía ser de otra forma, mis tías abuelas, Carmen y ella, Mary, siempre fueron también mis abuelas.

Recuerdo las partidas de parchís en su casa, la bolsa de agua caliente en la cama, el hígado, el chocolate con churros, todo lo que nos han querido siempre. Todo lo que yo las querré siempre. Hace cinco años y sin avisar, mi tía Carmen nos dejó para siempre. Y con ella, se fueron también las ganas de vivir de mi tía Mary. Por eso hoy, aunque es un día especialmente triste, estoy feliz porque ella está feliz también. Descansando con su otra mitad, de la que nunca debería haberse separado.

Pienso que el hogar está allí donde se encuentran aquéllos a los que más quieres. Me alegro tía, de que, tal y como querías, estés de nuevo en casa. Dale un beso enorme a la tía Carmen y otro enorme para ti también. Os quiero. Para siempre.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Sacco y Vanzetti


El pasado 23 de agosto se cumplieron 81 años de la ejecución de Nicolas Sacco y Bartolomeo Vanzetti en la silla eléctrica de la prisión de Charlestown, Massachussets. El crimen que no cometieron: el asesinato de un pagador de una fábrica de zapatos y su escolta. Las autoridades necesitaban unos culpables y Sacco y Vanzetti encajaban perfectamente: eran unos radicales. Nada impidió que el juez Thayler decretase la pena de muerte de los dos anarquistas italianos, ni el hecho de que un preso puertorriqueño, Celestino Madeiros, se declarase culpable del asesinato; ni siquiera las protestas y peticiones de clemencia de Mussolini, Stalin, Marie Curie, Charles Lindbergh o John Dos Passos impidieron la ejecución de Sacco y Vanzetti.


Estremecedoras son las declaraciones de Bartolomé Vanzetti, tras conocer la sentencia de muerte: "Digo que soy inocente. Todos los que conocen estos dos brazos saben bien que no necesito matar a nadie en la calle ni arrebatarle dinero(...). Yo nunca he cometido crimen alguno en mi vida...yo sólo he luchado por erradicar el crimen, los crímenes que la ley oficial y moral sancionan y santifican y que es la opresión del hombre por el hombre (...)".


Antes de su ejecución, Vanzeti declaró a un periodista: "Si no fuera por todo esto, yo me habría pasado la vida dando discursos en las esquinas ante gente indiferente. Habría muerto en el anonimato, fracasado. Ahora no somos un fracaso. Esta es nuestra carrera y nuestro triunfo. Nunca habríamos esperado en nuestra vida haber realizado semejante labor por la tolerancia y la justicia, para el entendimiento entre los hombres, como ahora lo hacemos por accidente. ¡Nuetsras vidas, nuestras palabras, nuestros padecimientos son nada! ¡Quitarnos la vida -las vidas de un buen zapatero y un pobre pescadero- es todo! Ese último momento nos pertenece, esa agonía es nuestro triunfo!"


Brindemos por Saco y Vanzetti.

martes, 2 de septiembre de 2008

Henry Lee


Tengo que reconocer que me costó llegar a Nick Cave. Probablemente porque en un primer momento no me topé con los temas adecuados. Pero ahora estoy rendida a sus pies.

¿Puede existir más amor que en este video? A veces cuando lo veo me siento incómoda porque es tan íntimo que me da la sensación de que es un momento sólo para ellos dos, que no puede haber nadie más. Siento como que estoy invadiendo su intimidad. Cómo se miran, cómo se tocan, cómo se cantan. Hay mucho mucho amor y me encanta.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Tener y no tener


Isla de Martinica. Colonia francesa.1940. II Guerra Mundial. "To have or to have not", dirigida por Howard Hawks está basada en un relato de Ernest Hemingway (cuenta la historia que Hawks retó a Hemingway diciéndole: "cuánto te apuestas a que hago una película de tu peor novela"). Interpretada por Humphrey Bogart y una jovencísima Lauren Bacall (con 19 años, esta fue su primera película), las similitudes con Casablanca son evidentes.


Harry (Bogart) es un cínico expatriado americano sin interés alguno en ayudar a la resistencia francesa de la isla de Martinica, ocupada por los nazis. Es patrón de un barco, que alquila a todo aquel que pague el precio adecuado. Hasta que aparece Marie (Bacall), "femme fatale", de pasado oscuro; y comienza la aventura...Hay incluso un piano que nos traslada irremediablemente al Café de Rick.


Me encanta Lauren Bacall en esta película: la forma que tiene de encenderse los cigarrillos, tan varonil y esa voz ronca...su presencia lo llena todo: "Ya sabes que no tienes que fingir conmigo, Harry. No tienes que decir nada y no tienes que hacer nada. Nada de nada. Tal vez sólo silbar. ¿Sabes silbar, verdad? Juntas los labios...y soplas".


He leído que la apasionada relación que Bogart y Bacall tuvieron durante el rodaje escandalizó a la prensa. Bogart tenía 26 años más que Bacall y estaba casado con una mujer, tan celosa que decidió asistir diariamente al rodaje en cuanto oyó rumores del romance. Tras el divorcio, Bogart y Bacall pudieron formar un matrimonio que figuró como modélico en las revistas de la época. Se cuenta que, como obsequio de boda, Bogart regaló a Bacall un silbato de oro con la inscripción: "si me necesitas, silba". También se dice que alguien colocó dicho silbato en el ataúd del actor, cuando falleció 13 años después.