
Me han hecho un gran regalo estas navidades: el libro Amphigorey, de Edward Gorey. Se trata de quince obras ilustradas del autor norteamericano (22 de febrero 1925 - 15 de abril 2000), paradigma de lo macabro y de lo bizarro en su faceta de autor y ejemplo del excentricismo en su vida personal.
Gorey fue un personaje extraño. Afirmaba haber aprendido a leer a los tres años y medio y a los cinco años decía que ya había leído dos libros decisivos para su formación: Drácula y Alicia en el País de las Maravillas. Su única educación artística la recibió en el Art Institute de Chicago, donde participó en un curso de un semestre. Más tarde estudió Filología Francesa en Harvard. Tras licenciarse, se mudó a Nueva York donde fue contratado como director artístico en una editorial. Por las mañanas trabajaba en la editorial y por las noches se dedicaba a construir sus propios libros. Más adelante montó su propia editorial y llegó un punto en el que empezó a ganarse la vida únicamente como ilustrador.
Gorey siempre vivió completamente solo. Nunca se le conoció relación alguna. Apasionado del ballet, he leído que la única razón por la que permaneció 30 años en Manhattan fue para poder acudir diariamente a las representaciones del New York City Ballet. Cuando el coreógrafo Georges Balanchine murió, Gorey abandonó Nueva York y se instaló con sus cinco gatos en una casa bicentenaria en Yarmouth Port.
Me ha llamado mucho la atención descubrir que Edward Gorey era un fanático de las series de televisión y que grababa compulsivamente todos los capítulos de Buffy Cazavampiros.
Sus ilustraciones son oscuras, misteriosas, crueles a veces. Se nota quién es la mayor influencia de Tim Burton. Me ha gustado mucho la serie de The gashlycrumb tinies (Los pequeñines macabros): una ilustración por cada letra del abecedario donde se representa la muerte de un niño. Las formas de morir son completamente surrealistas...









