viernes, 18 de febrero de 2011
Hey Marseilles - Cannonballs
Me acaban de descubrir a este grupo de Seattle y me encanta. Sus canciones están llenas de detalles maravillosos. Lo escucho una y otra vez y cada vez descubro cosas nuevas en sus letras y en sus sonidos.
No hay nada como pasar un sábado frío y lluvioso en casa escuchando buena música.
domingo, 30 de enero de 2011
Pequeñas conquistas vitales

Hoy he visto en La Casa Encendida la exposición de los proyectos premiados en Generación 2011, un programa con el que se pretende descubrir e impulsar el trabajo de artistas emergentes. Lo que más me ha llamado la atención ha sido la instalación de Pablo Serret de Ena: cinco banderas y cinco vídeos que relatan pequeñas conquistas vitales de cinco personas diferentes.
Aprender a decir no, enfrentarse a las injusticias o vencer la timidez. Situaciones cotidianas, con las que toda persona se puede sentir identificada. Yo lo he hecho. Por eso me ha gustado tanto.
Las Cumbres es el título del trabajo. Llegar a la cumbre representa el triunfo. Llegar a la cumbre implica esfuerzo, trabajo, superación. Llegar a lo más alto.
Una de las obras narraba la historia de una persona que no sabía decir que no. Un día tenía un no tan grande dentro de ella, que explotó. Y salpicó a todos de la peor manera. Fue una gran tragedia, así que tomó una determinación: no se cortaría el pelo hasta que aprendiese a decir que no, dejaría crecer su pelo hasta que el no le saliese de manera natural, con fuerza, sin sentimiento de culpa.
Para mí, las pequeñas conquistas vitales son los triunfos más grandes. No había caído en todas las que he conseguido en 2010 hasta que he visto hoy Las Cumbres. Me he dado cuenta, además, que el año pasado fui a la peluquería mucho más de lo que acostumbro. Casualidades.
domingo, 23 de enero de 2011
La noche de los tiempos

Ignacio Abel, arquitecto de éxito, socialista, introvertido. Lleva una vida sin sobresaltos en el Madrid de los últimos días de la Segunda República Española. Es el responsable de llevar a cabo las obras de la Ciudad Universitaria, tiene una casa en el barrio de Salamanca, su matrimonio con Adela es aburrido, pero no le plantea problemas. Tienen dos hijos a los que adora.
Menos de un año después, Ignacio Abel llega a la estación de Pennsylvania, después de una larga huida, que le ha llevado a dejar España, a cruzar Francia, a coger un barco hasta Nueva York. Su traje, sus zapatos y su maleta, que en Madrid daban muestra de cuál era su posición social, tras ese largo viaje, no son más que una evidencia más de en lo que se ha convertido: en un exiliado más.
En este viaje, Ignacio revivirá todos los acontecimientos que han ocurrido en esos meses: cómo se vino abajo el Gobierno de la Segunda República, y de la misma manera, como si fuese consecuencia de esa hecatombe, cómo su vida tranquila desapareció, también de repente, tras conocer a Judith Biely.

Así, Ignacio relata su historia de amor con la joven americana Judith, que le enseñó un mundo desconocido para él, de bares nocturnos, copas y tabaco, de emoción y sexo. Judith le devolvió a la vida, porque Ignacio estaba muerto hasta que ella llegó. Muerto de aburrimiento, encerrado en una vida sin sabores. En una existencia plana.
La noche de los tiempos, de Antonio Muñoz Molina, relata dos historias paralelas: la de la resistencia de Madrid y la de Ignacio Abel. Otra historia más sobre la Guerra Civil y otra historia de amor más, pero que a mí me ha enganchado de principio a fin. La descripción de los lugares de Madrid es tan precisa, que he pasado semanas reviviendo los episodios del libro cuando iba caminando por la Gran Vía, cuando pasaba por la puerta del Hotel Palace, cuando atravesaba la plaza de Santa Ana.
Me gusta cómo está narrada la evolución de Ignacio Abel, hijo de un obrero miserable, que consigue labrarse una carrera importante y que, gracias a su matrimonio con Adela, logra ocupar una posición social que no le corresponde por su procedencia. Me gusta cómo se presenta a este personaje, un desclasado, un rojo para la familia de su mujer; un burgués para los obreros que se quedaron en el lugar de donde él procede.
No lo puedo remediar, me gustan las historias de la Guerra Civil.
domingo, 16 de enero de 2011
Tánger
Tánger es una ciudad que no puede dejar indiferente a nadie. Su ubicación estratégica ha marcado su historia. Ciudad dominada por portugueses primero, británicos después, por grandes potencias europeas más tarde y por España entre 1940 y 1945, Tánger guarda un poco de todas estas culturas y civilizaciones. Durante años, atrajo a artistas, vividores y bebedores, a espías y a millonarios excéntricos. Todos dejaron su impronta allí.
Por momentos imaginas que estás en Europa, pero giras una esquina y al atravesar las murallas recuerdas que estás en Marruecos. Los olores característicos de cualquier medina: olor a comida, a especias, a humedad y un poco a suciedad. De repente, un teatro art déco en ruinas: Gran teatro Cervantes, 1913; cine Alcázar; Instituto español Severo Ochoa...
Toda la ciudad respira un aire de nostalgia. Se percibe que allí pasó algo, hubo algo grande, pero que ya no está. Grandes edificios majestuosos en ruinas, hoteles decadentes, cafés muy europeos pero ya desfasados, rancios. Cines cerrados.
Tánger es Marruecos, pero tiene algo de europeo que no encuentras en el resto de ciudades del país. En sus cafés tampoco hay mujeres, pero el ambiente en las calles es distinto. Me recuerda a una ciudad de Europa estancada en el pasado.
Esta ciudad tiene algo, que no sé muy bien cómo explicar, pero que atrae, engancha, seduce. Tánger no puede dejar a nadie indiferente.
domingo, 14 de noviembre de 2010
Equilibrio

Esta foto de John Gutmann me impresiona mucho. Una joven asiática está en la cuerda floja, está tratando de mantener el equilibrio en un alambre cochambroso, atado de cualquier manera a unos palos, en equilibrio también. El público, soldados americanos, observan con interés ese exótico espectáculo. Pero parte de los asistentes ha dejado, por momentos, de seguir a las hazañas de la joven asiática para posar en una fotografía que puede que pase a ser un documento valioso de la historia de su país.
Durante la Segunda Guerra Mundial John Gutmann se alistó como fotógrafo en las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos. En aquellos años, viajó por China, Birmania y la India, para realizar películas de propaganda y reportajes fotográficos. Ésta fotografía fue tomada durante esa época.
La exposición de John Gutmann en Fundación Mapfre es impresionante. Es un retrato de Estados Unidos desde los años 30 hasta los años 70, visto por los ojos de un europeo (Gutmann era alemán). Por eso creo que me gustó tanto. Porque a Gutmann le llamaba la atención todo aquello que a mí misma me sorprende de este país. Y la exposición es una muestra de lo que más sorprende, desconcierta y atrae de los Estados Unidos.
lunes, 1 de noviembre de 2010
Domingo

Recuerdo los domingos de mi infancia como días en los que no ocurría nada. Un mero día de paso, una cuenta atrás para llegar al lunes, y a las obligaciones y a los madrugones. Los domingos no existían porque no tenían entidad propia. De mi dormitorio, al salón. A la cocina donde mi madre preparaba la comida para la semana. De los deberes al salón donde mi padre leía o veía el resumen de la jornada de fútbol. Todo estaba cerrado, las calles estaban desiertas. Nada que hacer.
Con los años he empezado a disfrutar de este día. Levantarme tarde, leer el periódico, comer fuera de casa, ir al cine. Me encanta disfrutar del descanso de este día, en el que parece que el tiempo pasa más lentamente. Pero, al llegar la tarde, vuelve esa sensación de entonces, de cuenta atrás. De planificación de una serie de obligaciones que no quiero que lleguen, pero que inevitablemente van a llegar.
Este cuadro de Hopper, que forma parte de la exposición Made in USA Arte americano de la Phillips Collection y que se puede ver en Fundación Mapfre, me devuelve a aquella época en la que los domingos me hacían estar intranquila. La ciudad está cerrada, aunque sea de día. Y ese señor allí sentado en la acera me desconcierta. Es como un fantasma. Tiene los brazos cruzados y fuma un puro, con la mirada perdida. Los personajes de los cuadros de Edwar Hopper son así: almas solitarias en escenarios inhóspitos que representan decadencia. Lugares que fueron algo y que se han quedado en nada. Una calle siempre transitada, pero completamente vacía en domingo. Una habitación de hotel donde se vivieron momentos felices, pero que ahora sólo transmite vacío y soledad. Un vagón de tren en el que una mujer mira el paisaje, con la mirada perdida, pensado en todo lo que está dejando atrás.
Creo que debo reconciliarme con los domingos.
viernes, 15 de octubre de 2010
Fortaleza

Para mí, una de las mejores sensaciones que existen es la fortaleza. Cuando sientes que puedes con todo lo que te venga. Con todo lo malo. Es una pena que no exista un interruptor dentro de las personas que se pueda activar cuando flaqueamos. O un chupito que te haga volver a ser la persona fuerte que en ocasiones todos somos. Odio la falta de control sobre esto. Por eso, cuando el otro día ví Los cuatrocientos glopes, de François Truffaut, admiré profundamente al protagonista, el pequeño Antoine Doinel, que por su edad, no sabe todavía nada de la vida, pero que es capaz de enfrentarse a todas las dificultades que se le presentan.
Sus padres no le quieren mucho. Su profesor le detesta. Todo son problemas. Un niño, que a su edad debería estar disfrutando de ser niño, tiene que luchar por sobrevivir en cada momento. Miento porque aunque diga la verdad, nadie me va a creer, le cuenta Antoine a la psicóloga del centro de menores al que le llevan sus padres. Papás, me he escapado de casa porque siento que debo aprender a ser un hombre, les escribe a sus padres.

De lo que me alegro es de que al final, a pesar de todas las desgracias por las que debe pasar, después de todos los obstáculos que debe salvar, Antoine consigue alcanzar uno de sus sueños: ver el mar.
Tengo mucho que aprender de él.
