¿Hay algo mejor que pasar las vacaciones de verano en una playa de la costa francesa con tus amigos? Parece un gran plan, pero, ¿mantendrías ese viaje si uno de tus mejores amigos ha sufrido un grave accidente de moto?
Así comienza Pequeñas mentiras sin importancia, del director Guillaume Canet. Este grupo de cuarentones de lo más diverso, lo tiene claro. Y allí, en ese lugar de ensueño, cada uno tiene que enfrentarse a sus propias miserias, eso sí, con mucha gracia.
Está el tonto desesperado porque su novia vuelva con él. Ese que no para de dar el coñazo a los amigos con el sms que debería mandar o no. Y el que organiza todo y no consigue que nadie le haga ni caso, obsesionado con las comadrejas; la pareja de toda la vida que no funciona; el ligón que se pasa de listo y acaba recibiendo una buena lección -eso sí, después de tirarse a una adolescente-; la chica independiente (Marion Cotillard, sublime) de la que todos los amigos están enamorados; y unos cuantos niños correteando por allí.
Aunque la película tiene algunos puntos moralistas que sobran, me he reído mucho. Refleja perfectamente cómo inevitable nos mentimos a nosotros mismos, mucho más de lo que lo hacemos a los demás. Para protegernos. Por miedo. Por no saber enfrentarnos a las cosas. Por no querer escuchar lo que los demás tienen que decirnos. La vida, al fin y al cabo.
Yo me quedo con una cosa de la película: necesito, pero ya, unas ostras y una copa de vino. Y un barco, ya de paso. Y, por supuesto, a mis amigos. Aunque sea para pelearme todo el rato.
Hay una cosa que aterra a Mr. E por encima de cualquier otra y es completar la siguiente pregunta en los cuestionarios:
En caso de emergencia, póngase en contacto con...
Si hubiese un modo de saber si te sientes solo en el mundo, creo que ésta podría ser la prueba de fuego. Muy duro, ¿no? Mark Oliver Everett, Mr. E, o simplemente, el cantante de la banda norteamericana Eels, es una persona muy especial. Acabo de terminar su biografía, Cosas que los nietos deberían saber, y me ha dejado con esa sensación que sientes cuando descubres que conectas con alguien.
Mr. E tiene una vida interior tan inmensa, ocurren tantas cosas dentro de su cabeza, que muchas veces no es capaz de salir ahí fuera y vivir. Además, su vida ha estado marcada por la tragedia: descubrió a su padre muerto, su hermana Liz llevó una vida miserable y finalmente acabó quitándose la vida, su madre murió de cáncer, su prima era azafata en el avión que se estrelló en el Pentágono el 11-S...
Todos estos episodios le hicieron anteponer la música a cualquier otra cosa y a aprender a encajar los golpes tal y como te van viniendo. De ahí que esta biografía se haya catalogado en ocasiones de "libro de autoayuda". Quién sabe. A mí me ha inspirado.
Descubrí a Eels en la adolescencia. Como siempre en aquella época, gracias a mi hermana Inés, que se compró el recopilatorio Vértigo 2 ó 3 y allí estaba Novocaine for the soul. La primera vez que la escuché me pareció algo rarísimo, como si fuesen varias canciones en una, con unos cambios que me costó aceptar, pero gracias a ella, me enamoré del disco Beautiful Freak (del disco y de su portada a partes iguales), que me acompañó en toda la locura adolescente. Después de unos años, le perdí la pista, escuché otras cosas, desapareció de mi vida.
Y ahora, Eels irrumpe de nuevo con una fuerza y un significado diferentes. El libro me ha parecido una maravilla y, gracias a él, escucho sus canciones y sé qué es los que Mark Oliver Everett sentía en el momento de crearlas. A mí eso simplemente me emociona. No puedo evitarlo.
Contemplo al público del Albert Hall. Pienso en las veces en que quise tirarme del puente cuando era adolescente, y en los que me dijeron que me moriría de hambre si intentaba salir adelante con mi música. Ojalá alguien me hubiese dicho cuando era joven que algún día estaría sobre el escenario del Royal Albert Hall cantando mis canciones ante miles de espectadores embelesados. Oigo el crescendo del cuarteto de cuerda a mis espaldas y un escalofrío me recorre la espalda y se extiende hasta la punta de los dedos y el cuero cabelludo.
Me encanta Mr. E, pero no me gustaría nada ser él.
"Things The Grandchildren Should Know"
I go to bed real early Everybody thinks it's strange I get up early in the morning No matter how disappointed i was With the day before It feels new
I don't leave the house much I don't like being around people Makes me nervous and weird I don't like going to shows either It's better for me to stay home Some might think it means i hate people But that's not quite right
I do some stupid things But my heart's in the right place And this i know
I got a dog I take him for a walk And all the people like to say hello I'm used to staring down at the sidewalk cracks I'm learning how to say hello Without too much trouble
I'm turning out just like my father Though i swore i never would Now i can say that i have a love for him I never really understood What it must have been like for him Living inside his head
I feel like he's here with me now Even though he's dead
It's not all good and it's not all bad Don't believe everything you read I'm the only one who knows what it's like So i though i'd better tell you Before i leave
So in the end i'd like to say That i'm a very thankful man I tried to make the most of my situations And enjoy what i had I knew true love and i knew passion And the difference between the two And i had some regrets But if i had to do it all again Well, it's something i'd like to do
Hay un lugar en Nueva York en el que parece que el tiempo se haya parado. Olvidas que estás en Harlem, en Brodway con la calle 153, y te adentras en la España más profunda. De repente, te ves rodeado de Goya, Velázquez, Sorolla...pero ¿cómo?
El arquéologo, bibliófilo, filántropo, hipanista y poeta estadounidense Archer Milton Huntington, se enamoró de España y se dedicó a comprar todo tipo de arte para fundar, en 1904 la Hispanic Society of America.
La sensación al entrar al edificio es extraña. En cierto modo, te sientes como en casa. Un señor muy mayor, te da los buenos días y le da cuatro veces a su contador de visitantes. Clic, clic, clic, clic. No hay nadie en al museo. Nunca he tenido tanta intimidad con Goya. De repente, un grupo de estudiantes adolescentes irrumpe en la sala. Su profesora trata de que muestren algo de interés por un retrato de la Duquesa de Alba. No hay manera. Todo esto les parece como algo extraterrestre.
Al fondo está la Sala Bancaja, donde se encuentran los cuadros que Sorolla pintó para retratar cada una de las comunidades autónomas españolas. Recuerdo cuando hace unos años fui a ver esta misma exposición en Valencia. El despliegue de medios era brutal, las obras me parecieron inmensas. En cambio, en Nueva York han encogido. Parecen insignificantes. No sé si es el lugar, la colocación o el ambiente que se respira en La Hispanic Society. Todo es nostalgia. Un viaje en el tiempo.
La sensación es reconfortante e inquietante a partes iguales. No me extraña que el escritor Enric González reconozca que es su lugar favorito de Nueva York. También lo es para mí.
He vuelto. Para quedarme, espero. Simplemente, a veces, se te quitan las ganas de escribir y de compartir. Prefieres quedarte con todo lo que vives, sólo para ti. Pero he vuelto. Y espero que para quedarme.
Acabo de llegar a casa del concierto de M. Ward en el Teatro Lara. Y he recuperado las ganas de escribir. Ha sido un momento especial por muchas cosas: él, sus canciones, el lugar, yo misma. He conectado tanto, que necesitaba compartirlo.
Hacía mucho que no escuchaba sus canciones. Me aburrí de él, de repente. Demasiado lento, demasiado triste. Pero hoy he sentido que incluso tenía gracia. Parecía hasta divertido. Me han entrado ganas de tomarme unas cañas con él. Solo, con su guitarra, con su camisa de cuadros, su voz envolvía todo el teatro, su presencia estaba en todas partes. Impresionante.
Siempre voy a los conciertos con una canción en mente. Sobre todo con una canción. Y si finalmente la toca, siento un pequeño triunfo. Es un arma de doble filo porque la decepción de que no llegue está ahí. Pero hoy, he triunfado:
Y si además te llevas una sorpresa maravillosa con forma de versión de Daniel Johnston, pues, qué más puedo decir. Gracias M. Ward. Un gran placer:
Entiendo por qué la directora Susanne Bier ha ganado el Óscar a la Mejor Película Extranjera con En un mundo mejor. Ayer por la noche me senté en la butaca del cine y estuve llorando de principio a fin. Cuando la historia me daba un respiro, escuchaba el llanto y los grititos que daba la chica que estaba sentada a mi lado y otra vez a empezar. Me cuesta llorar con las películas, pero lo de ayer fue algo demasiado fuerte para mí.
¿Qué tiene En un mundo mejor para conseguir emocionarme de esta manera? Varias cosas: niños que sufren, violencia y repulsa de la violencia, planteamientos morales sobre cómo hay que enfrentarse a situaciones de violencia...Visto así a uno se le pueden quitar todas las ganas de ir a ver esta película. Pero, para mí, y como dice Carlos Boyero en su crítica:
En mi caso, que no soy de lágrima fácil, Susanne Bier consigue en algún momento de esta película, que se me humedezcan los ojos. Y es una sensación impagable.
Llorar a veces es una sensación impagable.
¿Qué le pasa a este niño por la cabeza?, se pregunta el padre de Christian, un niño que acaba de perder a su madre, cuando este empieza a mostrar comportamientos violentos. ¿Cómo reaccionan los niños al sufrir un golpe tan duro? ¿Cómo expresan su dolor? A veces, simplemente necesitan buscar culpables. Todos lo necesitamos, a veces.
Christian conoce a Elias en su nuevo colegio y en seguida se hacen amigos. Elias es maltratado por los malos del colegio y ve a Christian como su salvación. Estaría dispuesto a todo por la única persona que le ha mostrado algún tipo de afecto. Todo. Aunque eso supusiera el final.
Cada personaje de En un mundo mejor tiene su historia. Una gran historia: los padres del Elias, el padre de Christian, los niños. Todos te emocionan. Con todos te sientes un poco identificado. Todos te hacen llorar. Te encantaría poder ayudarles a todos.
De la mujer pasiva, a la mujer activa. De la mujer sumisa, a la mujer fuerte e independiente.
La exposición Heroínas, que se puede ver hasta el 5 de junio en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, reivindica el papel protagonista de la mujer en la historia del arte y muestra un recorrido que va desde el Renacimiento a la actualidad. En él, las mujeres no aparecen representadas a título de madres e hijas, esposas o amantes de héroes, sino simplemente como ellas mismas.
Heroínas no sigue un orden cronológico, sino temático. La exposición se organiza en escenarios y vocaciones de las protagonistas; la primera parte refleja su poder físico y la segunda, su poder espitirual.
Mujeres solas, mujeres trabajadoras, mujeres acorazadas y amazonas. En esta primera parte, la del poder físico, me llamó la atención una explicación que leí acerca de las mujeres atletas: la emancipación del cuerpo y el derecho al deporte como precursor en la conquista de otros derechos sociales y políticos.
El poder espiritual lo representan las magas, mártires, místicas, lectoras y pintoras. Me gustó mucho la parte de mujeres pintoras. Ellas, con su traje de tarea, sucias, haciéndo su propio autorretrato. No es habitual. La exigencia estética que deben cumplir las mujeres y, sobre todo en público, es enorme.
Al irme me pasó algo curioso. Cuando estábamos en la segunda parte, en Fundación Caja Madrid, miré a mi alrededor y le dije a mi amiga Paula: "¿Te has dado cuenta de que somos sólo mujeres aquí?"...
¿Quién no recuerda aquellos veranos de la infancia? Cuando los tres meses de verano parecían una eternidad. Nada volvía a ser igual en septiembre. Te despedías en junio midiendo 1,30 y volvías siendo toda una señorita. Los chicos de clase , de repente, tenían una sombra de bigote y la voz les había cambiado. Recuerdo cuando el verano era infinito.
El pueblo, la playa, los amores infantiles que parecían reales, la intensidad de todo. La bicicleta. Siempre he querido volver a esos lugares que hace años que no visito.
Los protagonistas de Primos deciden volver al pueblo donde pasaban los veranos de su infancia, Comillas, después de que la novia de uno de ellos le haya dejado plantado en el altar. La idea es que allí pueda recuperar al amor de su infancia. Aquella chica a la que le prometió amor eterno en las fiestas del pueblo del verano del 91.
A partir de aquí, todo es un cachondeo. Los personajes son totalmente extremos: el comercial chulo borracho (Raúl Sánchez Arévalo), el hipocondriaco con ataques de ansiedad producidos por su experiencia como soldado en Afganistán (Adrián Lastra) y el protagonista (Quim Gutiérrez), despechado y abandonado que no es capaz de no estar con una chica.
Este viaje les servirá a cada uno de ellos para aprender lecciones vitales, que cambiarán su vida de una u otra manera. Como ocurría en aquellos veranos. Mención aparte el personaje de Antonio de la Torre, el borracho del pueblo, ex dueño de un vídeo club, que asocia cada frase a una película:
Pretty Woman, dirigida en 1990 por Gerry Marshall y protagonizada por Julia Roberts y Richard Gere.
¿Qué he hecho yo para merecer esto?, dirigida por Pedro Almodóvar en 1984 y protagonizada por Carmen Maura y Chus Lampreave.
El director Daniel Sánchez Arévalo consigue, en mi opinión, una comedia entrañable y divertida. Llena de tonterías, pero con gracia. Yo solté verdaderas carcajadas. Por momentos, recordé aquellos veranos que parecía que no iban a acabar nunca.
Además, muy buena elección de la banda sonora. Me encanta esta canción de Josh Rouse...